Yo tengo muchos problemas en la calle …

 

 

Lo acepto, para mí es un martirio eso del desplazamiento en transporte público, pero cuando se trata de ir al bello, mágico y conflictivo Centro Histórico, no me queda de otra. Resulta ser que este juevecillo me lancé a semejante aventura porque necesitaba comprar unas cuantas cosillas, y de paso, un par de amigos que trabajan por esos rumbos me invitaron a comer. Pues bien, al Centro Histórico yo no me voy en auto, no señor, el temor extremo que causan las malditas arañas inmovilizadoras es demasiado como para arriesgarme, aparte de la bipolaridad de los guardianes del orden (ay, ajá, ¬¬).

 

Aunque reconozco que sale algo bueno de esto, porque en cuanto abordo el microbús, mi fe en Dios resurge y me da por rogarle a la corte celestial que se suba conmigo, y ya en esas, lo que sigue es la lucha por conseguir una colocación digna, ya n o digamos aspirar a un asiento, pero por lo menos, no poniéndole en la nariz parte alguna de mi descolorida humanidad a algún otro pasajero que no sea de mi agrado … ehjm,  que diga, para no molestarle… Si por fortuna y gracia divina me toca ir sentadita, ya tenemos la siguiente parte del predicamento… siempre, siempre siempre, ya es consigna y decreto, me han de tocar las personas enfermas Y QUE GUSTAN DE ESTORNUDAR Y TOSER SIN CUBRIRSE LA TROMPA ¬¬*. Al llegar a este punto, ya tenemos una de mis primeras mutaciones, de apacible y amante de la lectura ratona, a yameencabronéporestasmarranadasyestoyapuntodearrancarunoqueotrocráneo dragón de Komodo.

 

Obvio, me aviento un round con el o la detestable en cuestión, y yo tengo la ligera impresión de que la expresión de mi carita es bastante convincente, porque de inmediato buscan un pañuelito, un trapo, una manga o de perdida, la bolsa de papas con salsa valentina que se vienen recetando, para taparse el morro (menos mal). La segunda parte del predicamento llega al abordar el metro… lo cotidiano, tumultos, aglomeraciones, gente que quiere mirar de más, gente que quiere palpar de más, gente que es rechazada con una de esas miradas que gritan “Disuélvete Concha o no respondo” y el punto culminante de la odisea… los aroms que emana el metro… Jesucristo Santísimo, y eso que no es nada comprado con el metrito de Paris, abordado por hedionditos que intentan disimular su fetidez vaciándose el frasquito de perjume encima… nomás imagínense aquéllo a la hora en la que el metro abre las puerta, madre mía.

 

El caso es que cuando por fin llego con mis cuates, la neta, el hambre se me fue y sólo atino a pedir una ensaladilla, cuando al salir de mi hogar llevaba yo un hambre digna de atragantarme hasta con un tiranosaurio, pero pos ya no. Al cabo que ni quería, porque con lo chismosos que resultaron, me almorcé a toda la palomilla que se dio cita en casa de Fátima, y que esa misma noche, la Super Chula (otra amiga) se puso hasta las chanclas y… bueno no, jejejeje, eso mejor ya no se los digo, pero algo si me quedó claro… LOS HOMBRES SON MÁS CHISMOSOS QUE LAS MUJERES, ESO QUE NI QUÉ.

 

He dicho.

 

 

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De lo más absurdo…

Sinfonía Floral, Navideño, Bosque de Pinos, Lavanda Relajante, Brisa Marina… y así podría yo seguir ennumerando los distintos aromas que le dan,y aquí cabe una sutil interrogante… ¿Para qué jijos de la guayaba le ponen aromitas tan a toda maye al papel de baño, si va a terminar hecho una ruina, el infeliz?. Digo, yo entiendo que las tensiones diarias nos dejen hechos una piltrafa, ¿Pero Lavanda Relajante para el * ? Bastante comprensible si es que hemos caído en el mortalísimo pecado de maltratarlo con una de esas aceitosas y picosísimas hasta su ptm salsas de vasito, pero en ese caso, nomás deberíamos comprar de a uno solo, porque el paquetazo de a 12 rollos implicaría que vivimos en estado perpetuo de colitis ansiosa.

Nadie reconoce el valor de este silencioso y modesto artilugio, pero a más de uno de nosotros nos ha parecido que se nos viene el mundo encima cuando, en pleno ataque de… urgencia, descubrimos que ya ni el méndigo cilindro de cartón queda y honestamente, recurrir al tan platicado y publicado truco del calcetín, es punto menos que mera confirmación de barbarie; así que ni máiz, a echar mano de las servilletas o ya en caso extremo, periódico o la sección amarilla, porque tal vez jamás necesitemos buscar un lugar especializado en vender contadores Geiger, pero de que nos va a ser útil la página 3785, en la cual vienen anunciados esos establecimientos, ni duda cabe.

Pero insisto, ¿para qué carámbanos aromatizarlo, puesn? Es un recurso inútil y tal vez nuestro cuarto de baño se vea harto fancy y re lindo hermoso al abrir la puerta y percibir tales aromas, pero qué va, cuando ya traemos la angustia (y otras cosas) a punto de salir de nuestro cuerpo, da igual si el higiénico huele a mora azul o a tuna del monte; lo que nos devuelve un poco de cordura en esas espantosas crisis es el verlo ahí, quietecito y sobre todo, harto pachón, señal de que nos va a alcanzar… la vida para salir de ese trance. Lo que deberían hacer es darle más resistencia, demonios, porque no me van a negar que existen algunos que son de consistencia tan efímera como nuestro júbilo al recibir la quincena.

Otra cosa que no puedo pasar por alto es, la sarta de artimañas que se utilizan para que la maldita acústica que caracteriza a todos los cuartos de baño no nos traicione… Conozco personas que han hecho de todo, desde cantar el Himno Nacional a todo pulmón, hasta sincronizar los sonidos emitidos por ellos mismos con la Overtura 1812 de Tchaikovsky; pasando por accesos de tos, estornudos, declamaciones de El Cuervo de  Edgar Allan Poe, tirar de la cadena del excusado en repetidas ocasiones, etc; lo que nunca jamás pasa por la cabeza de quienes llegan a esos extremos es que, al hacer tantísimo malabar, estamos gritando a los cuatro vientos la naturaleza del evento que tiene lugar en el toilette, y lo que de inmediato piensan los demás es “pobre wey, se está vaciando…”

En fin, ojalá alguna vez nuestra percepción de las cosas cambie y comprendamos que, quien entra al cuarto de baño jamás desechará jazmines, y que lo que menos debemos esperar escuchar es la Novena Sinfonía de Beethoven, simplemente quitarnos de prejuicios y dejar de ser tan fijadotes en cosas por las que toooooooooooodos pasamos.

(Maldita sea,  ¿en dónde dejé mi cancionero Picot y mis inciensos de Rosa Púrpura del Cairo?…)

He dicho.

Los demonios alados existen.

Por supuesto que existen, y son nuestra peor pesadilla; porque tienen el maldito tino de comenzar a fastidiar justo cuando ya nos comienza a pegar bien rico el sueño. Es sólo cuestión de relajarnos, apagar la luz y comenzar a descansar para que empiece el maldito tormento de zumbidos y airecillo malévolo; malditas bestias, hasta lo disfrutan las desgraciadas, porque para desgracia nuestra, sólo las hembras se dedican a molestingar gente y lo que resulte, mientras tengan sangre en las venas, sirven para sus propósitos.

Ahora, a las 4 de la mañana, por fin sentí que el sueño tocaba a mi puerta, me encamino a mi camita, me enredo en las sábanas y cierro mis ojitos, mi cuerpecito se va relajando (dije RELAJANDO, lo otro viene después), y comienzo a descansar, ah si, por fin se me da ese placer… sólo para ser interrumpido por ese sonido que me resulta tan repulsivo como el taladro de un dentista, me tapo por completo con mis sábanas, y tal parece que resulta, porque ya no escucho ni máiz. Entonces dibujo una sonrisa burlona en mi rostro, la bestia ha sido burlada. Me destapo y lo primero que percibo es que, efectivamente, la bestia ha sido burlada; la bestia de mí; porque en cuanto sale a la luz de la luna mi carita, el maldito mosco se lanza en picada.

Y se deja ir el infeliz directo contra mis mejillas de jícama (lo acepto, mis mejillas son así, redondas redondas y grandes, ni modo) como kamikaze, y yo, mientras planeo recibirlo a guantazo limpio, así que aguardo pacientemente el momento de su aterrizaje y ¡¡¡ ZAZ !!! le dejo ir una cachetada guajolotera, de esas de antología. No parece haber movimiento, hasta que me llega de nuevo, un peculiar sonido. No, no es zumbido, es risa, una risa minúscula, pero no menos burlona, porque del diablazo que me he soltado, veo toda la Vía Láctea desfilar ante mis ojos, y, obviamente, el maldito animal salió ileso del ataque.

De nuevo, me inmovilizo y aguardo con paciencia el nuevo ataque, esta vez no puedo fallar; y en efecto, escucho el zumbido  delator y ese infeliz vientecillo, ahora ronda mis orejas, y haciendo de tripas corazón, me quedo rete quieta para volver a dar mi golpe maestro, pero ahora sí, o me modero o me mato, porque la neta tengo la mano tan pesada como un molcajete y capaz que en una de esas, me autodespacho al otro mundo. Se ha posado en mi cabeza, lo sé; y con un rápido movimiento, le sorrajo un almohadazo que da miedo… miedo a no sé quién, porque el bichejo se larga muy quitado de la pena.

Ya con la histeria a flor de piel, no se me ocurre nada más que tomar el bote de Vick Vaporub y embalsamarme, eso sí, sin abrir los ojos porque si no, voy a llorar el resto de la madrugada y mi aspecto será fatal, impublicable. Ja ja ja ja ja, por fin, lo escucho rondarme y largarse inmediatamente, le he atinado, este es el peor tormento, tener el sustento a la mano y no poder disponer de él, jajaja. Aunque le maldito hace gala de valentía y se acerca más de la cuenta.

Mal plan, porque el aroma a eucalipto lo ataruga y entonces sí, ahora sí puedo darle malacatonche de la mejor manera, jajajajaja, lo tengo en mis manos, literalmente en mis manos; y por fin… !!! PAAAAAAFFFFFF !!!, manazo totalitario y apabullante, que consigue su objetivo, el enemigo ha caído. Durante unos segundos contemplo mi trofeo de batalla, y me voy al baño a deshacerme de la evidencia. Me embarga la felicidad, de verdad que si, aunque efímera, porque ahora, mi mente se ocupa de un pensamiento…

¿Acaso la existencia de este animalejo será especial, de alguna forma? Porque no todos los seres vivos de este mundo tenemos el raro privilegio de que nuestra muerte tenga que ver directamente con un aplauso. Mira que es canalla la cosa, necesitar de un aplauso para morir; o es romántico o es muy teatrero. Maldita sea, de toda maneras ya no dormí, porque entre matar a esta cosa y filosofar sobre su existencia, ya me dieron las 5:30 a.m. y ni modo, me dirijo al a regadera con paso zombie, y más que resignada a que este  será un largo, pero muy largo día.

He dicho.

¡¡¡ Por fin !!!

Por fin, por fin, gracias a Dios y a todos sus santos, ya llegaron las vacaciones; demasiado estrés, mucha presión, malos días y nada de sueño placentero (de placer, no de placenta por favor). Qué emoción, ya me veo, disfrutando del Sol, de la brisa fresca, del balsámico sonido del mar, de la arena húmeda bajo mis pies, ¡¡¡ yupiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii !!!. Dios, gracias por la Semana Santa, te juro que también voy a reflexionar sobre esta época (ajá, sí, cómo no), a la sombra de una palmerototota y con mi bolsa de coco con chile y limón, nada mejor para entrar en trance místico.

Bien, ahora, organicemos todo, hablemos al hotel para la reservación. ¿ Que ya no hay nada disponible, pero por qué? Ya valió, ni modo, a caer en casa de mamá (uy, coraje que le va a dar, jejeje). Bien, vayamos por lo necesario, trajes de baño para las ratoncitas, traje de baño para mí, ropa playera, salvavidas, flotadores, cubeta, rastrillo y pala por aquéllo de los tesoros piratas, sandalias nuevas, repelente de moscos (cómo les gusto a los desgraciados, pero se morirán o de un aplauso o de diabetes, jejejejeje), y el infaltable, bloqueador solar con SPF del 5000, asi es, no me queda de otra, porque cuando se tiene este hermoso color Blanco Panza de Pulpo no me puede dar ni tantito solecillo, así que diariamente luzco mi bello bronceado adquirido en la morgue (que CHSM Hitler y sus idioteces de la raza aria, bestia).

Ahora, la cosa es llegar a la playa a tempranísima hora, porque si me tardo tantito, voy a encontrar más turistas que granos de arena, y a eso agreguémosle la onda de llevar mi propia comida aún corriendo el riesgo de que la ventisca me la tire y se me llene de arena. Hielera con harta, pero harta agua y jugos para las ratoncitas, y, ¿por que no? una que otra cerveza, Corona, por supuesto (jejeje, ¡¡¡ RATONZUELO, CHIDÍSIMOOOOOO !!!) digo yo, una cerveza en la playa es la pera en bicicleta, levanta muertos (de sed, porque para lo otro, está la pastillita azul).

Y por las noches, salir a caminar al malecón, ah, qué bonito, con los faros del puerto saludándome, como los viejos amigos que somos; la cena en el Gran Café de la Parroquia, y las compras en los locales de enfrente, muy bien, muy bien, todo eso se puede hacer… cuando no existe este inmenso mar de gente, demonios, ni la salida del metro se pone asi. Esperar mas de dos horas por una mesa, con niñas a un lado, calor… mmm, no, mejor no, cenemos en casa; y lo de caminar en el malecón estaría bien, siempre y cuando hubiera espacio para hacerlo, porque a mi me da como que miedo a las multitudes y capaz de que arrojo al mar en un ataque de pánico (qué muerte tan tonta, por Dios).

A la llegada, las aglomeraciones en el aeropuerto, la batalla por un taxi, que no se pasen de lanza con la cobradera, checar que todas las maletas sean las mías, no vaya a ser la de malas que una de ellas esté turisteando por Estambul y yo aquí, Sara ven acá, no te me vayas, Rebeca, permíteme tantito, en este momento te doy agua, pero ya no llores. Épale, épale, ¿a dónde con esa hielera? , déjemela aqui por favor…

Uff, tanta alegria vacacional ya acabó con mi energía, yo creo que mejor me quedo en mi casita a reponer fuerzas, después de todo, la ciudad se vacía y ahora sí, tenemos vacaciones; además, tengo las playitas del Marcelo, con arena el meritito Cancún, sólo que mmm, no sé, esta arena se supone que es blanca, pero yo la veo entre amarillenta y café, algo así como que muy…

He dicho.

Pá su mecha…


Suele pasar, que cuando algo nos roba por completo la atención, el mundo a nuestro alrededor desaparece, y sólo estamos disponibles para nuestro objeto del deseo (sea viviente o no). Pues bien, en el caso que nos ocupa, mi objeto de deseo es rojo, pequeño, orejón y de bellos ojos ( ¡¡¡ RATONZUELOOOOOOOOOOO, CHIDÍSIMOOOOOOOOOOO !!! ) sí, así como lo leen (ay sí, nada nuevo bajo el sol, como si no se hubieran dado cuenta ya de eso, jejejejeje )

Bien, pues estando absorta en una de tantas conversaciones con esta divina creación del Señor; olvidé por completo hasta mi nombre un pequeño detalle, y en el que no había reparado hasta que se me llenó la casa de humo y percibí un ligero, ligerísimo ( ajá, sí, cómo no) olor a quemado. Pero era tanta mi necedad, que me resistía a creer que me estuviera sucediendo a mí; cuando  me llega de repente el justo reclamo de mi cuerpo (no os vayáis hacia otro lado de esto, el justo reclamo fue mi gruñir de tripas, ya que eran las 5 de la tarde y mi último alimento había sido a las 10:30 de la mañana)

Me dirijo hacia mi cocina, sólo para encontrarme un pequeño infiernito, sí, como lo suponen, mi comida, TODA, estaba hecha a lo cabrón al carbón, pero extremo, a tal punto que lo que estaba dentro del sartén, en lugar de ser pechuga de pollo a la plancha, eran más bien dos perfectas muestras, y de muy buen tamaño, de tezontle, esa piedra porosa cuyo color varía desde el rojo pálido hasta el negro absoluto (no, no es piropo, es una alegoría de la intensidad de un color); y la neta, así, pos como que nomás no se mi antojaba nada. La cuestión, en este momento es, qué hacer a esa hora de la tarde, mi hambre ya era tanta, que estaba yo a punto de mutar en termita y comenzar a madrear roer la mesa del comedor, hasta dejarla como palillo de dientes.

No, mala opción, la madera me indigesta, y por supuesto que no tenía yo la menor intención de salir nuevamente. ¿Pedir Pizza? No, la neta no, y mientras me decidía, mi glucosa se puso en plan checho (palabra cortesía de la divina creación del Señor) y optó por descender hasta la madre la planta de mis pies y ahí quedarse. Razón por la cual comencé con un estado alterado de tal magnitud que parecía haberme inhalado dos galones de aguarrás, uno por cada fosa nasal.

Con la poca o más bien nula reserva de cordura que me quedaba, me abalancé sobre el sartén y su impublicable contenido; y sin piedad alguna, ataqué, hasta que no quedaba nada, nadita de nada. Con la primer mordida regresó un poco de sentido común y me encaminé al refrigerador para extraer algo que hiciera un poco más digerible lo que me estaba comiendo (HECF, me ando muriendo y todavía me pongo mis moños y busco darle toque gourmet a esa infamia), un jitomate rojo rojo y de muy buen aspecto (chale, últimamente el color rojo ha predominado en mi vida, y también las cosas de aspecto sabrosote). Ahí es cuando me doy cuenta de que mi cordura se había esfumado, porque al jitomate me lo tragué sin siquiera lavarlo, lo único que alcancé a hacer fue quitarle el rabito y pa´ dentro, cómo no.

Así que si repentinamente me ausento, no se extrañen, seguramente los deudos del jitomate decidieron tomar venganza y mandarme a su ejército de mercenarios bichos a perforarme los intestinos, vulgo, el ataque de la salmonela mutante; suplico a ustedes eleven sus mentadas de madre plegarias para que, por lo menos, pueda yo festejar el natalicio de Juárez, que si bien nunca lo he hecho, esta vez hasta mariachis le llevo a su última morada, cómo no.

He dicho.

¡¡¡ Wácala !!!

Pos será el sereno, pero siempre, siempre hay algo que nos dá cosa. A mi madre, por ejemplo, le horrorizan los ratones y todo lo que se le parezca, a tal grado que le chocan los castores porque dice que son ratotas gordas con la cola apachurrada; y ni Dios Padre la saca de su apreciación, pero de que es valiente, ni quién lo dude; mientras que a su servilleta le revuelven el estómago las cucarachas, algunas arañas, los escorpiones y mi ex marido, mi madre domina con presteza a cualquiera de estas pequeñas y asquerosas bestias antes mencionadas (ex marido incluido).

Pero lo visto hace unos días no tiene nombre. Resulta que me mudo de casa, ya saben, empacar todo, revisar qué sirve y qué no, separar la ropa, guardar la delicada porcelana de Limoges ( naaa, pura trinche cerámica de Tlaquepaque) , estratégicamente preservada en hojas de periódico (eso sí, nunca, pero nunca de los nuncas envuelta en las hojas de la nota roja, ¿qué tal si me la manchan?), documentos importantes, entre ellos, la caja de los X-Files (los papeles de mi divorcio), y demás cosillas que, al acumularse, guardan importantes cantidades de polvillo y generan un calorcillo rico rico.

En esas lides andábamos Rosario, mi fiel escudera y yo, cuando se me ocurre meter la mano, sin el menor de los cuidados, al cajón más bajo del clóset, buscando ya ni me acuerdo qué. Todo hubiera estado bien, si no hubiese yo sentido algo raro, rarísimo, algo así como un hormigueo pesado en mi pata delantera derecha, la retiro sin prisa alguna, sólo para ver que, posado en mi manita, estaba la perfecta alegoría del signo zodiacal de Escorpión, un pinche alacranzote de ésos, negros, negros, que estaba, el muy jijuesú bien paradote, sin inmutarse siquiera, viéndome con sus pinche mil ojos.

Yo estaba, ¿cómo decirlo?, aterrada, hecha una pendeja y paralizada, o todas las anteriores juntas de una vez, ya qué. Lo que puedo llamar el punto máximo de la conmoción vino cuando mi fiel escudera  se me queda viendo en completo silencio, el cual es roto por la siguiente perla: “Señora, eso que trae usted ahí es un alacrán”. Mi primera reacción era desmayarme, así, sin más; pero el brutal  golpe de la lógica me hizo exclamar primero un : ” N´ ombre,  ¿de veras? Y yo que le había visto cara como que de águila real … ” Ora sí, después de esa anotación, sentí como la sangre abandonaba mi cabeza de manera repentina y las piernas estaban igualitas a las de un potro recién nacido (si no han visto alguna vez en su vida, esto que les menciono, no entenderán el grado de temblor que se presentaba en mis apéndices inferiores).

El caso es que, después de haber aullado mi terror, mi fiel escudera procede a quitármelo, eso sí, con un palito que se encontró, como de 20 cms de largo y el maldito animal, sabiendo que me tenía en sus manos, se trepa al palito, con una pinche calma que parecía diputado en sesión, o sea, sabía lo que hacía el desgraciao. Mi fiel escudera lo lleva en chinguísima de inmediato al lavadero y le pone una bandeja encima, ustedes no saben el aterrador sonido de una bandeja de plástico que está siendo arrastrada por un monstruo de más de cuatro patas.

Estaba yo tomándome mi rigurosa dosis de 2 litros de té de valeriana y tila, pa´tratar de volver a la normalidad, cuando alguien llama a la puerta; mi mosquetera acude al llamado y se encuentra con una vecina acompañada de su hijo, una adorable bestezuela de 7 años que nomás no le quitaba la vista de encima a mi Sara (ni se te ocurra, mazapancito); y comienza el diálogo:

– Buenas tardes, ¿está la señora?

– La señora no´stá, nomás está mi patrona (pinche Rosario, para ella, la señora es mi mamá, yo soy sólo su pinche patrona)

-Llámala por favor ( y la vecina con cara de no saber lo que le dice mi mano derecha)

-Señora, ahí le llaman (retirándome de golpe la jarra del té, salvaje muchacha)

Me incorporo de mi santísima silla y recupero un poco la compsotura para atender a mi primer visita

-Hola, soy (realmente eso no es relevante), y vengo con (aquí entra el nombre del mazapán) porque hace unos días estuvo jugando con (el nombre del niño,  antiguo habitante de mi casa nueva) y dejó algo olvidado aquí

-Mucho gusto, soy (ya saben mi nombre) y pues pasa, a ver si lo encuentras.

Mis visitantes entra y comienzan su búsqueda (crítica), por todos lados, en eso, mi mosquetera se acerca y me dice:

-Oiga, ya le partí su madre al pinche animalote ese, ni aguantó el Raid.

En eso, el mazapán se nos acerca, y con lágrimas en los ojos nos dice : “¿ Brutus? “; a lo que respondo ” ¿pos no que te llamas …?”

Y la mamá, con cara de mortificación, nos comenta que Brutus era el maldito alacranzote prieto que hacía unos minutillos casi me mata con su sola presencia, al que, por cierto, se lo había cargado la tristeza por causa del Raid Max

Me disculpo por lo sucedido, todo queda en un lamentable accidente y mis visitas se retiran, claro, ya colgándonos un cartel que dice: “Cuidado, vecinos mata mascotas”; como si uno tuviera la culpa de que anden olvidando sus porquerías por aquí.

He dicho

Estos trinches predicadores.

De veras que no entiendo, en serio que no puedo entenderlo, ¿por qué, cuando tiene uno más prisa, cuando todo se junta en un mismo instante, se aparecen?. Y son, al parecer, detectores y productores  de calamidades, porque si uno no las tenía hasta ese momento, se manifiestan como por arte de magia. Ayer me encontraba esperando mi nueva maquinaria para mi trabajo; una cortadora láser para madera que me va a permitir acelerar el tiempo de producción. Pues bien, ya tenía todo listo y con toda la disposición del mundo, pues la maravillosa herramienta viene con capacitación incluida.

A las 11:30 de la mañana, llaman a mi puerta; y yo, ya muy lista, con mi camiseta, mi overol de mezclilla y mi equipo de protección, corro a atender el llamado y me topo con…

– Buenos días hermana, ¿cómo amaneció usted hoy?

(Inserte usted mirada de extrañeza debida a la absoluta estupidez de la pregunta)

– Pues como todos los días, acostada, cobijada y greñudísima

(Inserte usted mirada de “no entendí ni madre de lo que me dijo”)

– Le traigo una muy buena noticia, lo que usted estaba esperando.

– ¡¡¡ Mi cortadora láser ya llegó !!!

(Inserte usted, nuevamente, la mirada antes mencionada)

– ¿Mande?

– Que ya está aquí mi cortadora de madera.

-Ah, no, no lo sé.

-¿Entonces cuál es  esa buena noticia que me tiene?

(Inserte usted una búsqueda en chinga de un folleto en un bolso de mano)

-Esta, que su alma aún puede salvarse.

(Inserte usted caída abrupta de mandíbula y desorbitamiento de los globos oculares de la que esto escribe)

– ¡¡¡ ¿QQQQUUUUÉÉÉÉ ? !!!

Y así, sin más ni más, se suelta la imprudente emisaria del profeta Samuel (o vaya usted a saber de quién) con su mística y prometedora retórica de que, si me uno a su legión de maniáticos amargados (porque no celebran nada), mi alma va a ser una de las 41 000 afortunadas en ver al Big Boss de frente, sin intermediarios (ajá, sí, cómo no, ¿entonces ellos de qué la giran?). Y es entonces cuando presiento lo inevitable, sé que va a ocurrir; Belcebú llega silbando, y sin previo aviso, entra en mi cuerpecillo y me hace su portavoz oficial.

– ¿Y QUÉ LE HACE SUPONER A USTED QUE MI ALMA NECESITA SER SALVADA?

(Inserte usted sustazo digno de salto de garrocha por parte de la adoctrinante a domicilio)

– Pues porque se nota a leguas que es usted víctima del paganismo, por la gran cantidad de adornos navideños que veo.

– ¿Y ESO A USTED POR QUÉ LE MOLESTA, QUE ACASO ME LOS HA PATROCINADO CON LANA DE SU BOLSA?

– No, desde luego que no, pero piense en el bienestar de su familia.

(Inserte usted, aquí mismo, el nombre de conocido blog del que me considero adicta, y usted también, seguramente)

-¡¡¡ HAZME EL CHINGADO FAVOR, ORA RESULTA QUE MI FAMILIA ESTÁ DAÑADA POR MIS ADORNOS !!!

– Es que eso son cosas de Satanás porque él orilla a los débiles a…

Y su tarado discurso se pierde en la inmensidad del zumbido de mis orejas, cosa que antecede a un sonorísimo azotón de puerta, que por poco derrumba mi sacrosanta vivienda. De nuevo llaman a la puerta; y ahora sí, con el atavío completo, cola, cuernos, fumarolas emitidas por mi boca, ojos amarillos y chispeantes y con un hermoso tono de piel algo así como bermellón y degradado en rojo carmín, abro de nuevo la puerta y emito un ¡¡¡ ¿AHORA QUÉ CHINGADOS QUIERE? !!!

El representante de la casa en donde adquirí mi cortadora pega un brinco tan grande, que me hace pensar en candidatearlo de inmediato al equipo olímpico mexicano de salto de altura; pone cara de infarto al miocardio y me suplica, más que decirme:

– ¡¡¡ NADA, NADA, SE LO JURO, SÓLO VENGO A DEJARLE SU MÁQUINA Y A DECIRLE CÓMO FUNCIONA !!!

De súbito, el muy desgraciado cobarde de Belcebú me abandona susurrándome “Ora arréglatelas como puedas y quítale el susto a este buen hombre, yo me largo” y tengo qué deshacerme en disculpas con este inocente señor, el cual, durante toda su estancia en mi casa, no dejó de mirarme con una mezcla de terror y precaución,lo único que me inquieta es que nunca soltó su martillito, y jamás me dio la espalda.

De veras que no entiendo,  en serio que no puedo entenderlo.

He dicho.