Ella es…

Mi refugio, mi consuelo más grande; ella es la mujer a quien casi le cuesto la vida, a la que nunca he visto derrumbarse y que siempre está de pie para quien la necesite. Ella es quien siempre tiene un gesto de amor, una palabra de aliento un abrazo para todo el mundo; ella es eternamente agradecida con todo. Da gracias por estar viva, aún cuando ya casi no puede ver, cuando el caminar ya le representa un esfuerzo grande, no cesa de dar gracias.

Ella ha arrullado a sus tres hijas y las ha cobijado con el mismo amor y dedicación a las tres, no tiene preferencias; ella ha estado junto a su compañero durante más de cuarenta años; ella ha celebrado nuestros triunfos, llorado nuestros fracasos e incluso ha sufrido como propio el dolor de perder un hijo, a pesar de  no haberlo vivido jamás. Pero al mismo tiempo, nos ha dado más de diez lecciones de valor y de fortaleza;  pareciera que no conoce el miedo, porque en su rostro yo jamás he visto expresión alguna de temor, tampoco de soberbia, lo único que he visto es su eterna sonrisa apacible; siempre he sentido sus manos, suaves y cálidas, jamás temblorosas y frías. Nunca he escuchado de su voz una expresión de odio ni de resentimiento; nunca le ha deseado mal a nadie y no sabe almacenar rencores. Eso me ha llevado, durante todos estos años de mi vida, a buscar las alas en su espalda sin resultado alguno.

Ella aún me recuesta en su regazo, me acaricia el cabello y me canta, con esa increíblemente dulce y hermosa voz, sus canciones de juventud, aún deja un beso en mi cabeza cuando el sueño está a punto de vencerme;  ama a sus cuatro nietas de tal forma, que rejuvenece cuando está con ellas, se enternece hasta el llanto cuando las más pequeñas la abrazan y la besan, cuando le cuentan cuentos (Rebeca sabe contarlos muy bien, se concentra mucho) y le hacen dibujitos. Para ella, el mayor momento de gozo en la vida es cuando su familia está reunida en su casa, cuando nos tiene a todos en torno a su mesa y escucha nuestras risas.

Se ha ganado el respeto y el cariño de mucha gente, y tiene el don de saber cultivar las amistades, el don de la prudencia y la discreción. Es hermosa, a pesar del paso del tiempo, es una mujer hermosa. En esa imagen que ustedes ven, tenía dieciocho años; pero yo la veo exactamente igual, para mi no ha cambiado nada. Esa mujer, es mi madre, yo he sido bendecida al tenerla junto a mí  todos estos años; y no sé durante cuantos más lo seguiré siendo, pero la pienso disfrutar a cada instante.

Feliz Cumpleaños Yolanda, viejita hermosa. Te escribo esto con el corazón en la mano; beso el suelo por donde pasas y dejo un beso en tus manos, tu mejilla y tu frente; no me va a alcanzar la vida para retribuirte todo lo que me has dado, todo tu amor, tu compañía; Te Amo, Madre. Y quiero darte un encargo muy especial, un beso y un abrazo de parte de alguien bastante peculiar; asi que haz a un lado tu fobia a los ratones…

He dicho.