Los demonios alados existen.

Por supuesto que existen, y son nuestra peor pesadilla; porque tienen el maldito tino de comenzar a fastidiar justo cuando ya nos comienza a pegar bien rico el sueño. Es sólo cuestión de relajarnos, apagar la luz y comenzar a descansar para que empiece el maldito tormento de zumbidos y airecillo malévolo; malditas bestias, hasta lo disfrutan las desgraciadas, porque para desgracia nuestra, sólo las hembras se dedican a molestingar gente y lo que resulte, mientras tengan sangre en las venas, sirven para sus propósitos.

Ahora, a las 4 de la mañana, por fin sentí que el sueño tocaba a mi puerta, me encamino a mi camita, me enredo en las sábanas y cierro mis ojitos, mi cuerpecito se va relajando (dije RELAJANDO, lo otro viene después), y comienzo a descansar, ah si, por fin se me da ese placer… sólo para ser interrumpido por ese sonido que me resulta tan repulsivo como el taladro de un dentista, me tapo por completo con mis sábanas, y tal parece que resulta, porque ya no escucho ni máiz. Entonces dibujo una sonrisa burlona en mi rostro, la bestia ha sido burlada. Me destapo y lo primero que percibo es que, efectivamente, la bestia ha sido burlada; la bestia de mí; porque en cuanto sale a la luz de la luna mi carita, el maldito mosco se lanza en picada.

Y se deja ir el infeliz directo contra mis mejillas de jícama (lo acepto, mis mejillas son así, redondas redondas y grandes, ni modo) como kamikaze, y yo, mientras planeo recibirlo a guantazo limpio, así que aguardo pacientemente el momento de su aterrizaje y ¡¡¡ ZAZ !!! le dejo ir una cachetada guajolotera, de esas de antología. No parece haber movimiento, hasta que me llega de nuevo, un peculiar sonido. No, no es zumbido, es risa, una risa minúscula, pero no menos burlona, porque del diablazo que me he soltado, veo toda la Vía Láctea desfilar ante mis ojos, y, obviamente, el maldito animal salió ileso del ataque.

De nuevo, me inmovilizo y aguardo con paciencia el nuevo ataque, esta vez no puedo fallar; y en efecto, escucho el zumbido  delator y ese infeliz vientecillo, ahora ronda mis orejas, y haciendo de tripas corazón, me quedo rete quieta para volver a dar mi golpe maestro, pero ahora sí, o me modero o me mato, porque la neta tengo la mano tan pesada como un molcajete y capaz que en una de esas, me autodespacho al otro mundo. Se ha posado en mi cabeza, lo sé; y con un rápido movimiento, le sorrajo un almohadazo que da miedo… miedo a no sé quién, porque el bichejo se larga muy quitado de la pena.

Ya con la histeria a flor de piel, no se me ocurre nada más que tomar el bote de Vick Vaporub y embalsamarme, eso sí, sin abrir los ojos porque si no, voy a llorar el resto de la madrugada y mi aspecto será fatal, impublicable. Ja ja ja ja ja, por fin, lo escucho rondarme y largarse inmediatamente, le he atinado, este es el peor tormento, tener el sustento a la mano y no poder disponer de él, jajaja. Aunque le maldito hace gala de valentía y se acerca más de la cuenta.

Mal plan, porque el aroma a eucalipto lo ataruga y entonces sí, ahora sí puedo darle malacatonche de la mejor manera, jajajajaja, lo tengo en mis manos, literalmente en mis manos; y por fin… !!! PAAAAAAFFFFFF !!!, manazo totalitario y apabullante, que consigue su objetivo, el enemigo ha caído. Durante unos segundos contemplo mi trofeo de batalla, y me voy al baño a deshacerme de la evidencia. Me embarga la felicidad, de verdad que si, aunque efímera, porque ahora, mi mente se ocupa de un pensamiento…

¿Acaso la existencia de este animalejo será especial, de alguna forma? Porque no todos los seres vivos de este mundo tenemos el raro privilegio de que nuestra muerte tenga que ver directamente con un aplauso. Mira que es canalla la cosa, necesitar de un aplauso para morir; o es romántico o es muy teatrero. Maldita sea, de toda maneras ya no dormí, porque entre matar a esta cosa y filosofar sobre su existencia, ya me dieron las 5:30 a.m. y ni modo, me dirijo al a regadera con paso zombie, y más que resignada a que este  será un largo, pero muy largo día.

He dicho.

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La más pequeña.

Esta maravilla que usteden ven, es Maria Rebeca, la menor de las ratonas. Es inquieta, mucho muy inquieta, curiosa, fregona, se ensucia con todo, se come todo; o sea, una bebé normal. Ah, y esa expresión que ustedes ven, la tiene todo el tiempo, no deja de reír en todo el día, y si ustedes escucharan el sonido de sus carcajadas, les aseguro que también sentirían ganas de hacer lo mismo, (de carcajearse, no de grafitearse el cuerpo, como ella lo hace, se me hace que va para tatuadora).

Mi madre y mi padre dicen que es mi clon, que es igualita a mí, cosa que yo niego categóricamente, porque yo no cuento con esa arrolladora personalidad pero si ni de chiste, es tremendamente amorosa, cariñosa y simpáticamente inteligente, y esos ojos son intensos, claros, enormemente expresivos, tiene la mirada tranquila de mi madre, esa mirada tierna y dulce que sólo mi madre puede tener; aunque ya casi extinta.

Rebeca va a enfrentar algo muy grande, enorme, y sé que va a salir adelante, a pesar del terror y la angustia que siento por eso, a pesar de que no puedo quitarme este sentimiento de culpa. La observo y me dirije su mirada y su sonrisa, me ha desarmado, me abraza y me dice “mamá”, me arma de nuevo y me asombra el poder que tienen los niños, no saben que con esos pequeños detalles son capaces de hacer flaquear al más fuerte; y pensar que hay quienes no se permiten esa alegría.

Ayer, mientras la revisaban y evaluaban su condición para la cirugía, observaba atentamente todo  y en completo silencio, como si entendiera lo que pasará, como si ya supiera lo que harán. Debo decir que ella fue la que mantuvo la ecuanimidad, yo no, yo me acobardé y no pude más, y daría todo, absolutamente todo, por evitarle este dolor tan grande, un dolor necesario para que todo siga su curso normal. Ya antes he dicho a alguien a quien amo ese tipo de cosas, porque son las que salen del corazón, aunque no con la misma clase de amor, pero sí con la misma intensidad y sinceridad, es algo muy complicado.

Hago acopio de valor y me preparo, me tiene que ver y sentir fuerte, porque me va a necesitar mucho más de lo normal, y mientras tanto, yo me tomo de tu mano, sé que así no me derrumbo y ella tendrá un muy buen soporte. Por el momento, me quedo observando su dominio de la técnica de escultura con galleta de chocolate, no creo que haya alguien en el mundo capaz de transformar una galleta en un pulpo, tal y como lo hace en este momento,  si tan sólo pudieras verla tú también…

He dicho.